en tiempos de arte deprimido e ideas desvencijadas


Hoy me encontré mirando a través del espejo de una peluquería a un niño que comía aire para vomitarlo en gritos de desesperación cuando una peluquera intentaba cortarle el cabello.
El niño tenía el control de un videojuego que ponen en este lugar para que se entretengan los pequeños a la hora de cortarles el pelo pero a él poco le importaba el jueguito de la tv. No permitía que su cabello perdiera contra el filo de una tijera brillante. Pero no tuvo suerte. La mujer con tijeras en mano tuvo de aliada a la madre del pequeño quien no tenía más compañía que un Mario Bross que saltaba y saltaba en la pantalla del televisor.
Cuando me di cuenta la peluquera que a mí me atendía, miraba con palidez inquietante mi cabeza. Ella me pregunto que me hacía, error mío al decirle lo que tenía que hacer, no la deje crear a esta artista de la belleza capilar. Ella suspiro y emprendió su tarea, una vez más, pero esta vez no se imaginaba que alguien escribiría de ella.
Tomo sus tijeras y arranco con el corte, la mire por medio del espejo, su cara no decía nada… pero su actitud era la respuesta en sí. La monotonía del mismo corte uno tras otro y una jornada que casi culminaba hacían que su cara no mostrara felicidad.
Reitero, creo que el error fue mío al no dejarla imaginar un corte para mi cabello, pero es que siempre el estilo es el mismo. Ella tal vez pensaba que con este corte se podría pagar el colectivo por una semana o llevarle el regalo que su hija le habría exigido. Pero su cara no expresaba lo mismo. El sentido de la vida de una peluquera que no la dejan expresar termina siendo repetitivo. Es como el cantante que canta siempre la misma canción, o el arquitecto que siempre le mandan a diseñar la misma fachada de una casa. No le permitimos demostrar su talento.
Error mío, al no dejarla crear… y cuando me percate de la situación, iba a frenarla pero ella me dijo, “¿así está bien?”… si, conteste… ella había terminado con mi solicitud. Solo 7 minutos y medio para un corte.
No hubo charla de clima, ni de actualidad. Mucho menos de la devaluación o de la demora del colectivo esa tarde… 7 minutos y medio donde ella se vio nuevamente frustrada por un corte básico de caballero. No hubo arte… solo la monotonía de la tijera y la máquina.
Me levante, le agradecí, pague y me fui… al llegar a casa después de una tarde de quehaceres me senté a escribir… perdido en la situación de aquel niño que perdió contra la peluquera, y la peluquera que perdió contra la monotonía del corte repetido…
A veces nosotros mismos somos los culpables de la monotonía del mundo. No dejamos expresar al otro lo que él sabe…
Soy Lucas buscando la conciencia global, en tiempos de arte deprimido e ideas desvencijadas…